Hace aproximadamente 36 años, Armando Alducin tuvo un encuentro personal con el Señor Jesucristo mediante un misionero que vino a México, llamado, Emilio Aandereud.
Después de haber estudiado y experimentando con diversas filosofías y religiones, Armando se convirtió al ateísmo, afirmando que no podía existir una verdad absoluta en ningun sistema de pensamiento.
Sin embargo, con la ayuda de su hermano Alejandro, quien le llevó a conocer a Emilio, quedó subyugado por el amor y conocimientos bíblicos de este misionero.
Emilio le explicó claramente que el cristianismo no era una religión, sino una relación personal, viva y dinámica con el Jesucristo, el Hijo de Dios, que tenía que arrepentirse y creer que Jesús murió en la cruz para pagar por sus pecados.
Armando cayó de rodillas lleno de lágrimas y le entregó totalmente su vida a Jesucristo como su Señor y Salvador.
Tres años más tarde, el Señor le llamó al ministerio para predicar y hacer discípulos en México.
Fundó en 1982, Vida Nueva para México, y posteriormente le cambió el nombre a Vida Nueva para el Mundo, pues no solo alcanzaron a México con el evangelio, sino que Dios le abrió la puerta para dar a conocer de Su amor en muchas otras naciones.
Actualmente, Vida Nueva para el Mundo está llevando el evangelio a más de 55 naciones en el mundo mediante el programa de televisión, ENLACE, donde Armando sale dos veces por semana al aire.
Ha fundado, junto con su hermano Alejandro y otros pastores, más de 40 iglesias en diferentes parte de México, E.U., Europa e Israel, además de poder sostener a misioneros alrededor del mundo.
Su esposa Martha, en fundadora y presidenta de TAMAR, una organización que se dedica a restaurar a mujeres que han sufrido violencia familiar y a niños.
En Jerusalén, Vida Nueva para el Mundo acaba de fundar una Casa-Hogar para niños discapacitados que el gobierno de Israel les ha quitado a padres drogadictos o que han abandonado a sus hijos por diversas causas.
Continuamos orando al Señor para que podamos llegar al fin sin tener nada de que avergonzarnos, levantando la bandera de la verdad a través de la predicación del evangelio de la gracia de Dios y haciendo discípulos a todas las naciones.