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UN MENSAJE A LOS ESPOSOS
DE AMAS DE CASA CRISTIANAS

 

¡Es hora de que adviertan que sus esposas están siendo atacadas! Todo lo que se les ha enseñado desde que eran muy pequeñas, ahora es motivo de burla y ridículo. Apenas pasa un día sin que los valores tradicionales de la herencia judeo cristiana sean abiertamente desvalorizados y ridiculizados. -La noción de que la maternidad es una manera valiosa de invertir el tiempo de la mujer, sufre un incesante bombardeo.

-La idea de que las esposas deben someterse al liderazgo de los esposos, tal como se ordena en
Efesios 5:21-33, se considera casi una estupidez medieval.
-Se sostiene que el concepto de que un hombre y una mujer deben llegar a ser una sola carne,
y encontrar su identidad uno en otro, en lugar de moverse como individuos independientes y competitivos, es algo que insulta profundamente a la mujer.
-La creencia de que el divorcio es una alternativa inaceptable ha sido abandonada prácticamente
por todo el mundo. (“¿Supiste que Roberto y Susana…?”)
-La descripción de la esposa y madre ideal, tal como la presenta Proverbios 31:10-31,
es impensable respecto de la mujer moderna. (Has recorrido un largo camino, muchacha.)
-El papel de la mujer como la que promueve el diálogo, la que amasa pan, la que atiende las heridas,
la que ofrece amor, la que construye el hogar, la que cría a los hijos, es una idea que disgusta. Todos estos valores profundamente arraigados, que muchas de sus esposas están tratando desesperadamente de mantener, son constantemente sometidos a un escarnio infernal. Los medios de comunicación en occidente -radio, televisión, prensa-, trabajan incesantemente para desmenuzar los últimos vestigios de la tradición cristiana.

¡Las esposas que todavía creen en esa herencia espiritual sienten que penden de una hebra! Se las empuja a sentirse estúpidas y anticuadas, mujeres no realizadas, y en muchos casos, su autoestima sufre daños irreversibles. Están enfrentando un movimiento social arrasador,sin prácticamente ningún apoyo. Permítame ser más directo aún. El hombre que aprecia la disposición de su esposa de mantenerse firme
contra la corriente de la opinión pública, debiera advertir que ya es tiempo de que ofrezca alguna ayuda
a esa mujer que se queda en el hogar en un vecindario vacío, en la exclusiva compañía de criaturas
embadurnadas de mermelada y adolescentes rebeldes. No estoy meramente sugiriendo que lave los platos
o barra el piso. Estoy aludiendo al respaldo emocional… a la conversación… a hacerla sentir mujer…
a afirmar su autoestima… a asegurarle un día de recreación semanal… a invitarla a cenar afuera…
a decirle que la ama. ¡Sin esa artillería, ella queda indefensa frente a los enemigos de la familia,
los enemigos de su propia familia! Pero, francamente, muchos esposos y padres han estado pensando en otras cosas. Sus esposas han estado ocupadas asistiendo a seminarios y leyendo libros sobre la familia,
y estudiando la Biblia, pero ni siquiera consiguen que sus maridos acepten conversar sobre
lo que han aprendido.

Ustedes han estado intoxicados por el trabajo y por el refuerzo que éste le da a su ego. Qué mejor ilustración podría dar que la carta que mencioné anteriormente.
Esas líneas las escribió una mujer desesperada cuyo esposo rara vez está en la casa, y cuando está,
no tiene nada que decir. Prefiere la compañía de los conductores de televisión, que no hacen ninguna pregunta y no esperan ninguna respuesta.
Por sobre todo, él es un aplicado comensal de lo que le pongan delante. Usted ya conoce la historia.
Ah, sí, este hombre tiene a su mujercita exactamente donde quiere tenerla.
Ella está atrapada en una casa con dos niños de menos de tres años de edad,
pañales y narices mocosas, y cocinando las comidas que prepara para el señor Gómez.
Esa es la existencia de una mujer que vive y respira, y que tienen profundas necesidades de amor y respeto. Pero su marido no sólo no se propone satisfacer esas necesidades, sino que le prohíbe que las satisfaga en otro sitio. Ni siquiera la autoriza a asistir a grupos de estudio bíblico, porque, imagínese, teme que sus niños contraigan alguna enfermedad por contagio.

Nada que decir de la patología que está asfixiando a su esposa, la enfermedad llamada soledad. A las esposas de los maridos que no son más que buenos comensales, les digo:
“¡Vayan lo mismo a los estudios bíblicos!” La sujeción al liderazgo masculino no se extiende,
según mi entender, a los comportamientos que serían nocivos al esposo, a la esposa y al matrimonio. De la misma forma, no debe una mujer tolerar el abuso físico, psíquico o sexual de los niños,
ni las agresiones a su persona. El mensaje no podría ser más simple a un hombre cristiano: el Señor les ha ordenado amar a sus esposas
“como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella”.

Ella lo necesita ahora mismo. ¿Le hará un lugar en sus proyectos?

Dr. James Dobson

 

   
 
 
           
           
 

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